
“Colores…algún día
descubriré sus secretos”.
-Nestor Marinez, Colores
Empezó con una idea. O más bien la falta de ella. Le habían encomendado una historia para el día siguiente y siendo las siete de la noche, no llevaba aún nada. Fue tonto por parte del escritor confiar el futuro de su carrera a una inspiración que parecía no llegaría nunca. Una vez más el exceso de confianza lo había metido en problemas.
No entendía que era lo que no funcionaba .Tumbado en el piso del pequeño apartamento, casi habiéndose dado por vencido con el ordenador y la irritante hoja sin siquiera un título, el escritor notó que la lluvia comenzaba por fin a menguar.
Decidió que había agotado por completo las posibilidades de su madriguera como fuente de ideas y que todavía era lo suficientemente temprano para darle al mundo exterior una última oportunidad.
Después de colocarse el impermeable y las botas de lluvia, se despidió del emperezado gato blanco que lo miraba desde el sofá y salió por la puerta.
Lo recibió una ciudad vacía, gris y melancólica. Aunque de cierto modo lo esperaba, el escritor no pudo evitar sentirse algo desilusionado. Tenía la esperanza de que el ritmo agitado de las personas y las parpadeantes luces del centro estuvieran en sintonía con la creciente ansiedad que le impedía concentrarse, pero la ciudad llevaba esa tarde un compás diferente.
El escritor empezó a caminar, convencido de que poco a poco podría adecuarse al ritmo de la ciudad, cosa que no sucedió. Algo faltaba. Eso era algo que había empezado a sospechar desde hacía un tiempo, pero nunca antes se había metido con su trabajo. Sin embargo parecía que, como un niño demandante, esa ausencia se había abierto camino poco a poco hasta resultar innegable. El único problema era que el escritor no tenía la menor idea de qué era lo que le faltaba, ya que a lo largo de quince años, todo había permanecido relativamente constante y relativamente normal. Esta vez decidió ponerle nombre a ese algo. Ese algo por el momento se llamaba inspiración, y al ser la inspiración su materia prima, el escritor estaba decidido a encontrarla a cualquier costo.
Recorrió la ciudad de norte a sur, de este a oeste y no sirvió de nada. Anduvo por calles, avenidas, parques, sin ningún resultado. Visitó cafés, restaurantes y tiendas sin distinción pero no encontró la chispa que necesitaba para empezar a escribir.
Después de horas de andar sin rumbo, la desesperación del escritor dejó lugar a una sensación de derrota que le oprimía el pecho. Dejando a un lado el hecho de que no iba a poder escribir la historia que se suponía le abriría camino como profesional, el escritor se preguntaba si alguna vez podría volver a escribir. Porque después de todo, ¿Qué es un escritor que no puede escribir?
Por rutina más que por iniciativa, entró a una papelería en la planta alta de una plazuela al aire libre. Era un local pequeño y sencillo. El escritor empezó a pasearse por los pasillos, viendo sin ver y con el peso en sus hombros aumentando a cada paso.
Mientras perdía el tiempo en uno de los pasillos, el escritor notó una caja de crayones tirada en el piso. Se agachó a recogerla y se dio cuenta de que era de una marca que no conocía. Aún más, cuando se disponía a colocarla en un estante, notó que no había ninguna otra caja de la misma marca. Se quedó como hipnotizado con la caja en la mano cuando una voz sonó a sus espaldas.
-Es una marca nueva. Se ha vendido bastante bien y esa es nuestra última caja. ¿Va a comprarla?-.
El escritor volteó para encontrarse con un par de ojos como ninguno que hubiese visto antes. Enmarcados por unas pestañas imposiblemente largas, lo observaban desde la cara de una empleada de la tienda. Por primera vez el escritor se había quedado completamente en blanco, irónicamente, sin palabras.
La muchacha se acercó a él y tomó otra caja de crayones de una marca diferente y la abrió con una sonrisa juguetona para después vaciar el contenido sobre la palma abierta de su mano. Volteó a ver una vez más al boquiabierto escritor.
-¿Le gusta colorear?-.
Qué pregunta más absurda e inusual que hacerle a un adulto. Un adulto con cara de perdido y facha de vagabundo. Pero aún así, la pregunta salida de la boca de esta muchacha con pinta de niña que guarda un secreto sonaba perfectamente coherente. El escritor asintió.
La muchacha soltó una carcajada que para alguien más, incluida ella, pudo no ser más que eso, pero para el escritor fue como si el sonido hubiera deshecho la presa que había estado conteniendo las ideas, que empezaron a brotar a chorros. Quién hubiera imaginado que la inspiración se podía encontrar en una caja de crayones.
- Adriana